El Papa León XIV visita el fin del mundo

Por Juan Arias (*)

León XIV llegará a la Argentina en un viaje cargado de simbolismo y emoción. El 8 de noviembre pisará la tierra de su antecesor, Francisco, quien, al ser elegido pontífice, se presentó como alguien llegado "desde el fin del mundo". Efectivamente, el primer Papa argentino había llegado a Roma desde el extremo austral del planeta.

Sin embargo, aquella expresión adquirió un significado que trascendía lo geográfico: evocaba la posibilidad de que el centro de la Iglesia se abriera a las realidades marginales, olvidadas o profundamente golpeadas. En su primera exhortación apostólica, Evangelii Gaudium, Francisco expresaría esa orientación con una invitación que marcaría su pontificado: "salir de la propia comodidad y atreverse a llegar a todas las periferias que necesitan la luz del Evangelio" (EG, 20). Era el anuncio de una Iglesia en salida, dispuesta a encontrarse con las heridas y las esperanzas del mundo.

Hoy, la realidad argentina configura una sociedad afectivamente polarizada, atravesada por una creciente emocionalización de la vida pública y la deslegitimación del adversario. También aquí podemos reconocer una periferia, aunque de naturaleza diferente: una periferia ética e institucional. 

Si las periferias evocadas por Francisco remiten al sufrimiento de la marginalidad material y existencial, la periferia ética e institucional permite reconocer otra forma de vulnerabilidad: aquella que se manifiesta en el deterioro de la cultura cívica y en el debilitamiento de las condiciones éticas que sostienen la convivencia democrática. No se trata de equiparar realidades diferentes, sino de extender aquella mirada hacia las fracturas que atraviesan a la propia comunidad política.

En la Argentina, la crisis de 2001/02 marcó un punto de inflexión en la relación entre la sociedad, la representación política y las instituciones democráticas. El debilitamiento de las mediaciones partidarias tradicionales, la creciente personalización de los liderazgos y la pérdida de confianza en las instituciones contribuyeron a transformar las formas de competencia y participación política. 

En este contexto, la polarización política dejó de expresarse únicamente como una confrontación ideológica o programática y adquirió también una dimensión afectiva e identitaria. La creciente emocionalización de la vida pública contribuyó a intensificar esta dinámica, en la que las identidades políticas contrapuestas pueden favorecer la percepción del adversario como una amenaza antes que como un interlocutor legítimo.

La polarización afectiva, la emocionalización de la vida pública y la deslegitimación del adversario constituyen, así, tres dimensiones interrelacionadas desde las cuales analizar la periferia ética e institucional y comprender su relación con el deterioro de la cultura cívica argentina.

Frente a este escenario, la visita de León XIV ofrece una buena oportunidad para acercarse al marco normativo de la Doctrina Social de la Iglesia, en continuidad con la reflexión de su antecesor, Francisco, quien señalaba en su carta encíclica Fratelli Tutti la necesidad de "una sana política, capaz de reforzar las instituciones, coordinarlas y dotarlas de mejores prácticas, que permitan superar presiones e inercias viciosas" (FT, 177).

La Doctrina Social de la Iglesia, fundada en una concepción integral de la persona humana y de su dimensión social, propone principios y valores que orientan la convivencia y la acción política hacia la verdad, la libertad, la justicia y la caridad. Desde esta perspectiva, la cuestión no consiste únicamente en revisar las reglas y los procedimientos de la vida democrática, sino también en interrogar la concepción de la persona, de los vínculos sociales y de la comunidad política que subyace a nuestras prácticas.

El núcleo de esta propuesta reside en el reconocimiento de la dignidad de la persona humana como fundamento del orden social y político. En torno a este principio se articulan otros de carácter fundamental: el bien común, entendido como el conjunto de condiciones sociales que permiten a las personas y a los grupos alcanzar más plena y fácilmente su propia realización; la subsidiariedad y la participación, que promueven una organización social respetuosa de la iniciativa, la autonomía y la responsabilidad de las personas y de los cuerpos intermedios, así como su intervención activa en la vida comunitaria; y la solidaridad, que expresa la responsabilidad de todos para con todos y encuentra en la fraternidad social un horizonte para superar las dinámicas de enfrentamiento y exclusión.

Desde esta perspectiva, la política está llamada a recuperar su sentido como servicio al bien común y expresión de la caridad social y política. Frente a una cultura cívica deteriorada por la polarización afectiva, la emocionalización de la vida pública y la deslegitimación del adversario, el desafío no consiste en suprimir las diferencias, sino en reconstruir las condiciones éticas e institucionales que permiten convivir con ellas. Quizá sea esta una de las preguntas que la visita de León XIV puede dejar planteada a la Argentina: ¿cómo volver a reconocernos como miembros de una misma comunidad política, aún cuando nuestras convicciones y proyectos sean diferentes?

(*) Docente - Master en Doctrina Social de la Iglesia

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