Un juego de pandemia

FINALMENTE SE QUEDA UN AÑO MAS EN BARCELONA.

Subrayada, por si acaso, la soberana validez de las decisiones tomadas por Lionel Messi y honrado el imperativo ético de abstenerse de hablar por otro, no dejará de ser legítimo hacer notar el carácter novelesco de una historia poblada de verdades a medias, zonas brumosas y recompensas vacantes.

Habría que ser ingenuo de toda ingenuidad para tomar por incontrastable lo que se hizo público el viernes, incluso las confesiones del propio Messi, aun cuando tampoco se trate de sugerir que haya mentido o empleado la criolla adulteración del gato por la liebre.

Por alguna razón igual de insondable que potente, los animales humanos tendemos a pasar por alto lo obvio, de manera que, advertidos de la trampa, desandamos el camino: Messi rompió los platos, quiso irse del Barcelona, pero no bien la conducción del Barcelona le mostró los dientes, plegó sus banderas y corrió presto a dar explicaciones.

¿A quién?, ¿A quiénes? Posiblemente a la afición del Barcelona, a esa legión de millones y millones de catalanes cuyo reacomodamiento a la "nueva normalidad" se desconoce y será uno de los puntos más trascendentes que se perfila en el horizonte inmediato.

Que a Josep María Bartomeu no lo quiere ni un poco, en fin, es más palmario que la mojadez del agua.

Y también que la llegada de Ronald Koeman y su declaración de principios de mano severa supuso una gota más en un vaso ya colmado.

Sin fuego motivacional ("no hay proyecto ni nada"), condenado al rol de andar como bola sin manija entre la misa y la procesión en un equipo terrenal, ¿cuáles serían las fuentes de interés que cultivaría Messi?

Defender el vínculo con el club y la ciudad de su vida y el confort emocional de su familia, desde luego, cómo no, ¿quién será tan antipático para objetar esos puntos?

He ahí la versión romántica de la historieta y la tomada por oficial por los contados y privilegiados informadores desde la Argentina, los que al parecer tienen llegada con Messi y disponen de la prístina verdad: Messi no podía irse mal del Barsa y tampoco era justo que sus hijos lloraran por tener que salir de la ciudad.

Pero entonces, con el debido respeto, imposible ahorrarse un puñado de preguntas.

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