La intervención promete orden y estabilidad, pero abre una pregunta incómoda: ¿liberación política o simple administración de un activo estratégico?
Buenos Aires, 4 de enero de 2026 - Con Nicolás Maduro fuera del poder, Donald Trump avanzó sin rodeos: negocia con el chavismo residual, deja en suspenso a la oposición democrática y coloca al petróleo en el centro de la transición. La intervención promete orden y estabilidad, pero abre una pregunta incómoda: ¿liberación política o simple administración de un activo estratégico? Maduro cayó. El problema es lo que vino después Durante años, Venezuela fue el ejemplo extremo de cómo un régimen puede vaciar un país sin perder el control del poder. Por eso, la detención de Nicolás Maduro marcó un punto de inflexión largamente esperado. El hecho, ya procesado por la opinión pública internacional, cerró una etapa. Pero no inauguró, todavía, una salida clara.
Donald Trump anunció el golpe desde Mar-a-Lago, no desde la Casa Blanca. El gesto fue coherente con el mensaje. No habló de reconstrucción democrática ni de consensos regionales. Habló de administración transitoria, de control y de costos. Venezuela apareció en su discurso menos como una nación a liberar que como un problema a ordenar.
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El petróleo como doctrina Nada explica mejor la velocidad y la dirección de los acontecimientos que el petróleo. Venezuela concentra las mayores reservas probadas del planeta -alrededor de 300 mil millones de barriles, según estimaciones del U.S. Geological Survey-, una riqueza que el chavismo convirtió en decadencia: producción colapsada, infraestructura devastada y corrupción estructural.
Trump entiende ese fracaso como oportunidad. Reactivar la industria con empresas estadounidenses, asegurar flujo de crudo pesado y ganar influencia sobre los precios globales no es un detalle técnico: es el corazón de la estrategia. También es un mensaje hacia Moscú y Pekín, ambos con intereses directos en Caracas. El petróleo no aparece aquí como motor de desarrollo democrático, sino como garantía de gobernabilidad funcional.
María Corina Machado: el Nobel que incomoda La escena es incómoda, pero reveladora. María Corina Machado, figura central de la oposición democrática venezolana y reciente Premio Nobel de la Paz, quedó fuera del esquema real de poder. No hubo respaldo explícito ni articulación política con ella ni con el liderazgo opositor que reclama legitimidad electoral.
El Nobel le otorgó legitimidad internacional, pero también elevó las expectativas. Y las expectativas, en este tablero, son un problema. Una transición encabezada por la oposición implicaría ruptura con estructuras heredadas y un proceso incierto. Trump optó por otro camino: menos épica, más control.
Delcy Rodríguez y la estabilidad sin ruptura En lugar de la oposición, Washington abrió canales con Delcy Rodríguez. Su designación como presidenta encargada preserva la continuidad institucional del chavismo sin Maduro. Cambia el rostro, baja el volumen del conflicto y mantiene intactos los equilibrios de poder.
El arreglo apunta a una transición limitada: sin purga total, sin refundación, sin promesas grandilocuentes. Para Estados Unidos, ofrece previsibilidad. Para el aparato chavista, supervivencia. Para la oposición democrática, exclusión.
El factor que permanece fuera de control es Diosdado Cabello. Con peso propio en las fuerzas de seguridad y capacidad de daño real, puede negociar su lugar o convertirse en foco de resistencia. En Venezuela, la estabilidad siempre es condicional.
Milei y la Argentina: alineamiento sin matices Desde Buenos Aires, el gobierno de Javier Milei acompañó el movimiento de Trump sin reservas visibles. La posición era previsible: alineamiento automático con Estados Unidos, lectura binaria del conflicto y validación política de una acción que se presenta como derrota del socialismo regional.
Sin embargo, el caso venezolano expone una tensión incómoda para el discurso libertario local. Milei celebra el fin de Maduro -un reflejo compartido por buena parte de la sociedad argentina-, pero guarda silencio frente a un esquema que posterga a la oposición democrática, negocia con el poder residual del chavismo y convierte a un país en objeto de administración estratégica.
La contradicción es evidente: se reivindica la libertad como principio absoluto, pero se acepta una salida donde la democracia queda subordinada a la estabilidad y al interés energético. No es un problema moral abstracto; es un problema político concreto. Si el liberalismo se reduce a geopolítica de alineamiento, pierde densidad doctrinaria y se vuelve relato.
Para la Argentina, además, el precedente importa. Un orden regional donde las transiciones se resuelven por acuerdos de poder y no por legitimidad institucional no es neutral. Mileiapuesta a que el alineamiento rinda beneficios económicos y diplomáticos. El costo es resignar capacidad crítica y aceptar reglas que, en otro contexto, serían denunciadas como inaceptables.
Un precedente que incomoda a la región La intervención unilateral deja una señal inquietante en América Latina. Brasil expresó reparos, México observa con cautela y el resto de la región toma nota. El mensaje es claro: cuando el recurso es estratégico y el contexto lo permite, la soberanía se vuelve negociable.
Trump busca consolidar un legado de eficacia: petróleo fluyendo, precios contenidos y una narrativa de orden. Puede funcionar. O puede abrir un nuevo ciclo de inestabilidad que termine reforzando aquello que dice combatir.
En ajedrez, las jugadas audaces no siempre son brillantes. Algunas solo aceleran el caos. La pregunta no es si Trump ganará esta partida, sino quién pagará el costo del orden que promete. #AgenciaNA
FUENTE:AGENCIA NOTICIAS ARGENTINAS