El país de las dos verdades: la contradicción la inventó la política

El Gobierno mira la planilla. La oposición abre la heladera. Y probablemente para comprender lo que está pasando haya que mirar las dos.

Buenos Aires, 3 octubre (NA) - La Argentina consiguió algo que hasta hace no demasiado tiempo parecía pertenecer a la ciencia ficción: que los precios dejaran de cambiar mientras uno caminaba desde la góndola hasta la caja. En agosto la inflación fue del 1,7% mensual. En diciembre de 2023 había sido del 25,5% y aquel año terminó con una inflación del 211,4%. No es una sensación ni un relato: son datos. Pero existe otra Argentina.

Las ventas de supermercados, medidas a precios constantes, cayeron en julio un 2,1% respecto del año anterior. La industria manufacturera retrocedió un 5% interanual ese mismo mes. Y la mora de las familias con los bancos alcanzó el 12,9%. También son datos.

El problema argentino es que hemos llegado a un punto en el que resulta prácticamente imposible aceptar las dos cosas al mismo tiempo.

Si uno dice que la inflación bajó espectacularmente, se convierte inmediatamente en mileísta. Si agrega que muchas familias llegan con dificultad a fin de mes, corre el riesgo de que lo afilien al kirchnerismo antes de terminar la frase.

Somos el país de las dos verdades, pero sólo nos permitimos pronunciar una. Dejamos de tratarnos como adversarios y empezamos a comportarnos como enemigos. Y eso no es nada alentador para cambiar el destino de una nación.

El Gobierno mira la planilla. La oposición abre la heladera. Y probablemente para comprender lo que está pasando haya que mirar las dos.

Javier Milei puede exhibir una transformación indiscutible del régimen inflacionario argentino. Los niveles actuales no constituyen una sutileza estadística. Modifican contratos, expectativas, decisiones empresariales y, sobre todo, esa costumbre nacional de correr detrás de los precios como quien persigue un colectivo que ya arrancó. Pero estabilizar los precios no significa automáticamente estabilizar la vida.

Una familia no vive dentro del índice de precios al consumidor. Vive de un salario, paga un alquiler, una cuota, electricidad, gas, colegio, supermercado y tarjeta de crédito. Puede comprender intelectualmente que la macroeconomía está mejor y, simultáneamente, comprobar que su cuenta bancaria está peor. No existe contradicción alguna. La contradicción la inventó la política.

Desde el oficialismo existe a veces la tentación de considerar cualquier dificultad social como un residuo inevitable del desorden anterior o como una prueba de que el ciudadano todavía no comprendió las virtudes del tratamiento. Desde la oposición ocurre exactamente lo contrario: cada comercio que vende menos, cada puesto de trabajo perdido y cada tarjeta atrasada se presentan como demostración de que todo el programa económico ha fracasado.

Los dos razonamientos tienen algo en común: eliminan la parte de la realidad que les molesta. No todo sacrificio demuestra que una reforma sea equivocada. Pero tampoco toda reforma necesaria convierte en inevitable cada sacrificio.

Ésa debería ser precisamente la discusión adulta que la Argentina no está teniendo: cuánto del costo actual corresponde inevitablemente a la transición desde una economía profundamente inflacionaria y cuánto depende de la velocidad, la secuencia y las decisiones concretas con las que esa transición se está realizando.

Y al peronismo le corresponde responder otra pregunta igualmente incómoda. El malestar presente no borra diciembre de 2023. Resulta difícil presentar cada problema económico actual como prueba suficiente para regresar a las recetas anteriores sin explicar primero qué se haría diferente para no regresar también a la inflación, los desequilibrios y la pérdida permanente de valor de la moneda que acompañaron aquella etapa. La nostalgia suele tener mala memoria económica.

Hay además un tercer protagonista en esta historia: el periodismo.

La Argentina ya venía de muchos años de medios crecientemente polarizados. Milei llevó esa relación a un nivel todavía más áspero mediante una confrontación sistemática con periodistas y medios. Pero acá también conviven dos verdades. Que exista periodismo militante, interesado o simplemente malo no convierte cada ataque presidencial en razonable. Y que un presidente insulte a un periodista tampoco convierte automáticamente en cierta cualquier cosa que ese periodista publique. Parece elemental. En la Argentina actual casi resulta revolucionario.

Quizá el verdadero desafío del país durante los próximos meses no sea decidir cuál de las dos Argentinas existe, sino admitir que existen ambas. Existe el país que intenta modificar reglas económicas que durante años produjeron desequilibrios, inflación y distorsiones profundas, y existe el país que todavía no siente los beneficios de esas nuevas reglas.

El éxito de una estabilización no puede medirse solamente por conseguir que cierre el Excel. En algún momento tiene que conseguir que abra la heladera. Y la existencia de una heladera medio vacía tampoco demuestra que haya que volver al mundo en el que estaba llena durante cinco días y los precios cambiaban durante los otros veinticinco. Ésa es la discusión que la polarización extrema nos impide tener.

Tal vez porque aceptar dos verdades al mismo tiempo exige algo bastante más difícil que elegir un bando: pensar sin pedirle permiso a ninguno.

Agencia NA

FUENTE:AGENCIA NOTICIAS ARGENTINAS

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