La derecha no avanza: la vieja política frente a la lógica algorítmica

Para el reconocido consultor y analista político, los votantes no se volvieron de derecha, sino que están eligiendo candidatos estrambóticos que responden a la lógica de los algoritmos.

Por Jaime Durán Barba Buenos Aires, 8 agosto (NA) - Hasta 1990 existían parámetros más o menos claros para distinguir lo que se llamaba izquierda o derecha. Por un lado, estaba el bloque comunista liderado por la URSS; por el otro, el bloque presidido por Estados Unidos y un centro constituido por la socialdemocracia y la democracia cristiana. La China de Mao intentaba liderar la revolución con un marxismo estalinista, pero era un país caótico y con más pobreza que ningún otro. En ese contexto, tenía sentido hablar de “izquierda y derecha”.

El instrumento de comunicación que había formateado nuestra mente —aunque leyéramos poco— era el libro, que tenía un tema, un orden lógico, un principio y un fin.

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Con la cuarta revolución industrial se produjo un cambio radical: la mayoría de las personas, en cuanto se despierta, se conecta a su celular y queda atrapada en un scroll infinito que invade toda su vida. El teléfono se ha convertido en parte de nuestro cuerpo e interactuamos con él permanentemente.

El paradigma que usábamos para analizar la política caducó. Estudiando las elecciones de países como Brasil, México, Argentina, Colombia, Perú, Ecuador, Paraguay y Bolivia, preguntamos a los electores si querían que el presidente fuera de izquierda o de derecha; el resultado fue que a cerca del 80% no le interesa el tema.

Lo que sí resultó mayoritario fue el rechazo al conjunto de los políticos, a las instituciones, a los medios de comunicación y a las élites intelectuales y económicas. La oratoria y los conceptos perdieron espacio frente a una comunicación que lucha por conseguir la atención en un scroll caótico. Ganan los distintos, aquellos que no se parecen a los políticos tradicionales, sin que importen sus tesis.

Los nuevos líderes comunican distancia con el orden tradicional. A veces invocan ideas de izquierda y otras de derecha, pero su éxito no radica en los contenidos.

Avanzan las restricciones en el mundo a pantallas y redes sociales: “Es catastrófico”.

Hemos dedicado meses a estudiar el fenómeno usando la literatura académica más avanzada del momento, contrastándola con las investigaciones empíricas que realizamos. El fruto de este trabajo es un libro que pronto estará a la venta, “¿Qué diablos nos pasó?”, que analiza la comunicación en la era de la inteligencia artificial.

Un mandatario que representa este nuevo tipo de comunicación es Donald Trump. Su discurso, al igual que el scroll infinito, nos proporciona dopamina por su imprevisibilidad y espectacularidad. Un día anuncia que anexará Groenlandia y Canadá a su país, otro que construirá un resort en Gaza, y proclama su admiración hacia Vladímir Putin y Kim Jong-un. Dice que su administración y la dictadura venezolana, de Delcy Rodríguez, hacen negocios que le permiten financiar la guerra con Irán. Si así es la Venezuela chavista manejada por Estados Unidos, ¿es de derecha o de izquierda? La región no está polarizada entre izquierda y derecha, sino entre el espectáculo y el pasado; entre el extremismo divertido de cualquier tipo y el aburrido viejo orden.

La clase política colombiana, una de las más sofisticadas de la región, gobernó su país durante doscientos años, pero en las últimas elecciones obtuvo apenas el 7% de la votación. El triunfo de Abelardo de la Espriella no se debió a la consistencia de su programa, sino a una comunicación que lo situó en las antípodas de lo que les gusta a los defensores de la política “correcta”.

Sin una carrera política convencional —nunca fue ministro, alcalde ni gobernador—, De la Espriella es un líder de la era del espectáculo. Reside en Florencia con un estilo de vida ostentoso y teatral que califica de “renacentista”. Construyó un ecosistema empresarial que promueve el sibaritismo: es dueño de la línea de ropa de lujo De La Espriella Style, de su propia marca de vino italiano (Fratellone) y de un ron premium (Ron Defensor). Se ufana de consumir botellas de vino de más de US$ 1.000, es tenor y ha editado discos de ópera y canciones populares italianas y francesas.

Abelardo de la Espriella, el candidato presidencial que promete seguridad para Colombia en alianza con EE.UU. Se alinea con Donald Trump, quien pidió el voto para él, al igual que lo hizo en Argentina con Milei. Como abogado, su cartera de clientes incluye a personajes contradictorios: desde paramilitares hasta Alex Saab, el principal testaferro de Nicolás Maduro.

En la segunda vuelta compitió contra Iván Cepeda, un candidato de izquierda que no pretende imponer la dictadura del proletariado ni estatizar los medios de producción, sino que defiende la diversidad, los derechos de las mujeres, de las minorías raciales y los derechos humanos, un ideario por el que habría sido ejecutado en cualquier país comunista y también en la China actual.

Por su parte, la izquierda colombiana defiende exactamente lo opuesto al programa de la izquierda peruana, cuyos puntos de vista acerca de las mujeres, la diversidad, el respeto a los derechos humanos y la sexualidad están más a la derecha de los de De la Espriella. La propuesta peruana es un neonazismo indigenista que mezcla nacionalismo, ideas ultramontanas y mariateguismo, pero Roberto Sánchez, al igual que De la Espriella, es el candidato menos parecido a los políticos formales.

Ambos están lejos del racionalismo ilustrado, son exponentes de las extravagancias de la sociedad red. Así lo demuestran tanto el renacentismo de De la Espriella como el caballo y el sombrero con los que hizo campaña Sánchez, exministro de Pedro Castillo, quien almorzó con el expresidente en la cárcel el mismo día de las elecciones.

Javier Milei se comunicó con Keiko Fujimori tras el triunfo en Perú para felicitarla.

No hubo un crecimiento de la “derecha” en Perú. Los resultados de las elecciones fueron los mismos de los últimos comicios, un empate: Keiko ganó por décimas de punto, la misma distancia con la que perdió la presidencial frente a PPK y a Castillo hace cuatro y ocho años.

Más allá de los temores conspiranoicos de algunos, en ningún lado tiene relevancia, para ganar elecciones, el club de presidentes de derecha que apoyó a Fujimori, ni el Grupo de Puebla. Ambos son fantasmas del siglo de las ideologías, cuando la lucha entre la izquierda y la derecha daba sentido a la política. Hoy son conceptos desplazados en una época en la que las ideas se licuaron.

En la política real de la red, el éxito electoral depende de la batalla por la atención de los votantes, en un scroll en el que la comunicación de la campaña debe competir, no solo con sus rivales, sino con un océano de informaciones de todo tipo, procedentes de cualquier sitio, que determinan finalmente cómo vota la gente.

Hipnotizados por la pantalla, descartamos cualquier contenido que no capte nuestro interés en los primeros 15 segundos y solo nos detenemos en lo que nos llama la atención. Si aparecen en el celular el programa de un candidato, la información de los logros de un gobierno y el video de un perrito huyendo de un ratón, es evidente qué atrapará la atención de un votante indeciso.

Hace apenas una década se creía que ganaba quien presentaba el mejor programa o defendía una ideología, que solo interesa a los votantes decididos. El verdadero objetivo de una campaña actual es atraer a los indecisos, algo imposible si se les envía un mensaje que no les interesa.

Analista político y autor de “¿Qué diablos nos pasó?”, de próxima publicación.

Agencia NA

FUENTE:AGENCIA NOTICIAS ARGENTINAS

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